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Reflexión sobre personas tóxicas, o que viven un infierno personal, lleno de odio y amargura dentro de si.

Mucho se habla de las personas tóxicas, y de huir de ellas como de la peste. En verdad si que son contagiosas, su mal nos traspasa como si fuera una enfermedad muy virulenta.

Por ejemplo; nos encontramos más o menos bien, pero tras compartir un momento con estas personas nos trasmiten su malestar, y agonía personal, llevándonos a sus infiernos, que no están en el más allá, sino en el aquí y ahora.

enfado (copia)

¿Qué pasa cuando estás personas tóxicas son cercanas a nosotros? ¿Qué hacemos si además necesitan de nuestra ayuda? ¿las abandonamos?

La teoría está bien, “huye de personas tóxicas”, y así lo hacen muchas personas, pero otras por sentido del deber u otras cuestiones, aguantan la toxicidad hasta estrenos indecibles, o sea que se sumergen en ese infierno interior de otra persona, viviendo amargadamente.

La verdad es que es difícil convivir con una persona tóxica. Y tras meditar muchos años en este aspecto solo he encontrado una solución, y es inflamar el amor dentro de uno mismo, pero ese amor tiene que estar basado en comprensión, discernimiento y fortaleza interna, ha de ser tan fuerte como la toxicidad virulenta a la que nos enfrentamos, y  este amor tiene que vibrar bien fuerte en nuestro interior.

Aparte, también se necesita una higiene psicológica,  un tiempo de alejamiento y un espacio propio de refugio y descanso, para descargar o sacudirse esa toxicidad que penetra en lo más hondo del alma.

 

 

 

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